El primer día de marcha transcurrió sin incidencias. La idea de los endemoniados no había asustado a los soldados, aunque conforme la aldea se acercaba la posibilidad de tener que combatir había puesto algo nerviosos a los soldados.
En Cimera la batalla ya había empezado. Alice Blackwater desplegaba sus cartas frente a Silvie y Ser Etan, quienes, tras la boda de Silvie con Ser Kevan, parecían mucho más relajados y atrevidos que antes. Darren, por su parte, hacía torpes amagos de seducir a una Alice que se tenía muy bien sabido el manual de instrucciones. Los desafíos verbales, intentos de intimidación y amenazas pasaban de unos a otros cruzando en demasiadas ocasiones la línea de la cordialidad. Por su parte, Artur Mannig, padre de Ser Kevan, agradecía a Alice su intervención en todos los acontecimientos de la boda.
La llegada a Dagger Rock cumplió con las expectativas. Desde lejos solo se veía el resto de alguna hoguera, una aldea aparentemente abandonada que dejaba como recompensa a sus visitantes cadáveres destrozados con los cuales se habían ensañado. Al acercarse los endemoniados atacaron.
Salían de las casas, de las ventanas, de los oscuros rincones bajo los árboles o el pozo de la plaza. Corrían armados con hachas, con espadas cortas, con cuchillos. Gritaban, provocando el miedo en algunos soldados. Pero lo hacían en pequeños grupos que eran rápidamente eliminados. Si realmente eran demonios, volvieron pronto al infierno.
El grupo de Ser Anthony, mantuvo las posiciones, defendiendo los torpes ataques y arriesgando las menos vidas posibles. El arco de Wilfred y las espadas Blackwater cometían pocos errores y dejaban poco lugar a la duda a cerca de la victoria. Ser Kevan actuaba más movido por el impulso y el ansia de gloria, avanzaban posiciones desorganizadamente y dividía a una escuadra cuyo número se vio reducido más de lo necesario. Aquellos atacantes se habían enfrentado en mayoría a aldeanos sorprendidos, ahora se las veían con soldados preparados, organizados por caballeros montados cuyas voces de mando se imponían sobre sus gritos salvajes.
En unas pocas horas todo el pueblo había quedado asegurado. Organizaron una de las casas para que sirviera de enfermería y reunieron a algunos supervivientes que habían mantenido a la vida intacta escondiéndose en sótanos y armarios.
Sin embargo, ese día, algo ocurrió. Etan, acompañado de medio centenar de soldados Harte, salió de caza.
Continuará…
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